El Festival de Viña tiene mucho por remontar.

Tras celebrar 60 años en su última edición, el Festival de Viña tiene mucho por remontar. El capítulo aniversario del evento musical más relevante de este país fue apenas discreto con una parrilla atrasada e irregular redundante en menos público a pesar de las entradas regaladas, un montaje escénico más modesto y pifias diarias a la autoridad de Virginia Reginato.

Ese ambiente de ligero carnaval que antes se tomaba la ciudad para decir adiós al verano se ausentó tristemente. El reestreno de la sociedad entre C13 y TVN, responsable de la fiesta viñamarina durante la década pasada, fue apenas discreto. Como equipo no lograron equiparar el sello de espectacularidad impreso por Chilevisión en el ciclo previo de ocho años. De lo poco rescatable, la química de la flamante pareja animadora de María Luisa Godoy y Martín Cárcamo, cuyo desempeño superó los malos augurios.

La confirmación de Maroon 5, el sexto artista más escuchado en Spotify a nivel mundial junto a la estrella urbana Ozuna, el tercer artista más cliqueado en Chile durante 2019 según la misma plataforma, retratan una sacudida en la organización. Son artistas extraordinariamente populares, lo mismo vale para casi todo el resto de la parrilla musical 2020. Ricky Martin es un número de categoría planetaria y jamás defrauda. Mon Laferte regresa en el mejor momento de una carrera en permanente ascenso, con una poderosa carga extra dadas las acusaciones contra carabineros que han valido réplica de la policía uniformada, en un enfrentamiento entre el poder institucional y una figura artística que no se veía desde los días del veto a Los Prisioneros por la dictadura.

Pablo Alborán es una de las máximas estrellas románticas de los últimos años mientras que la noche de los clásicos latinos con Ana Gabriel y Pimpinela será un mazazo de nostalgia, por un tipo de balada que encarna la última camada de la edad de oro del género.

Entre los artistas nacionales Francisca Valenzuela debiera sorprender con su metamorfosis musical y escénica de los últimos años, como Denise Rosenthal es una interrogante en cuanto a la magnitud y trascendencia del escenario y porque solo cuenta con un disco (en rigor dos, pero ella sólo considera el último). Noche de Brujas regresa tras cuatro años para cerrar una década prodigiosa luego de un masivo cambio de integrantes.

La ruleta rusa del certamen, el humor, trae novedades. La apuesta por el stand up retrocede y regresan escuelas más antiguas en un contexto social completamente revuelto y con sensibilidades distintas. Ernesto Belloni, una figura identificada con trazos gruesos para buscar la carcajada, ha sido convenientemente programado para la jornada con público de mayor edad (aquella con Ana Gabriel y Pimpinela). Paul Vásquez, activo durante el estallido social como rescatista en Plaza Italia, es un histórico que nunca ha ocultado su condición popular, y por lo mismo tiene cuenta a favor en un público como el de Viña que lo catapultó a la fama. El estilo preadolescente de Fusión Humor, ejemplo perfecto de infantilización de las audiencias, calza con el timbre juvenil de la noche con Pablo Alborán y Luciano Pereyra. Consagrada como actriz, Javiera Contador representa cierta incógnita en el stand up, mientras que Pedro Ruminot ya sabe salir triunfante de ese escenario. Stefan Kramer sólo compite consigo mismo y sus altos estándares, aunque causa alguna interferencia que su última visita en la Quinta Vergara haya sido hace apenas dos años.

El Festival de Viña 2020 tiene altas probabilidades de convertirse en un barómetro social antes del plebiscito de abril y en una de las versiones más politizadas desde la Unidad Popular, la edición de 1988 con las palabras de Mr. Mister en apoyo a los actores amenazados de muerte, y los primeros años de democracia con el regreso de artistas censurados. En este contexto de demandas reivindicativas de igualdad no parece buena idea mantener la gruesa barrera estrenada este año en medio de la galería que generó vivo malestar en el público. No es el momento para mantener torpes símbolos de división y rentabilidad a como dé lugar.

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